miércoles, 17 de junio de 2009

Hombres de Hierro.

Hace poco vi a decenas de hombres llorar de frío en la llegada de la Flecha Valona, una de las clásicas que se corren en Bélgica. Pocos días antes presencié cómo hombres de hierro atravesaban el pavés de la París-Roubaix (el Infierno del Norte) y cómo muchos se iban quedando tirados en el suelo entre el barro, el polvo y también la sangre. El pavés, que en algunos tramos se ha declarado monumento nacional, no se arregla hace muchos años porque es algo mítico. No importa que haya agujeros de más de un palmo entre adoquín y adoquín donde quedan atrapadas las ruedas de las bicicletas y caen los corredores.

No se arregla porque a los franceses no les importa que los ciclistas se rompan las piernas o las clavículas. Quieren ver lucha, espectáculo, hombres salpicados por el barro. En la Flecha Valona este año nevó y el frío heló a los ciclistas. Las chicas corrieron antes que los hombres. Casi todas llegaron desfallecidas al muro de Huy, de un kilómetro y un ¡18% de porcentaje! Las corredoras caían por el suelo, mientras sus entrenadores las cubrían con una manta para evitar que se congelaran. Las escenas eran dantescas e impropias de un acontecimiento deportivo. Y esto no es lo más duro. Son clásicas de un día.

No tienen nada que ver con las grandes vueltas por etapas en las que nos gusta ver a hombres hundirse deshidratados en los grandes puertos y a otros atacar en tramos que a las personas normales nos cuesta subir, incluso despacio.

El ciclismo, tal y como está montado, se ha quedado antiguo tanto en estructuras de poder como en el planteamiento. Es sobreesfuerzo. Ya no es un deporte. Es espectáculo y como tal debe cambiar las reglas. Creo que una de las declaraciones más claras que se han producido en los últimos meses ha sido la de un ciclista llamado Mauleón. En plena crisis del Tour 98 dijo: «¿Alguno de ustedes cree que el Tourmalet se sube con un plato de espaguetis?».

La presión ha hecho que históricamente muchos ciclistas se "automediquen" y tomen de todo para rendir más. Los médicos han puesto orden en el desorden, controlan con la llamada medicina deportiva, muchas veces en la frontera con lo legal, pero ahora son los primeros interesados en que se aclare qué es doping. No son delincuentes, pero están muertos de miedo y no quieren ir a Francia.

Si queremos ver deporte habrá que cambiar las reglas. Los ciclistas no deberán recorrer casi 300 kilómetros con cinco puertos de primera y hacer 21 etapas en 21 días. Habrá que modificar los recorridos a los que el hombre, sin gasolina extra, pueda adaptarse. Hoy la televisión es la que mueve el espectáculo. Adapten las carreras a este medio y no programen más etapas para sacar más dinero a los ayuntamientos y engordar las cuentas de resultados de los organizadores.

Si queremos que los ciclistas no tomen gasolina extra, no organicen un deporte para bestias. Háganlo sólo para hombres, aunque sean de hierro.

La ofensiva de la Justicia francesa no va a terminar con la sobremedicación y sí va a hacer huir a los sponsors. La falta de una estructura estable en los equipos, que son temporales y que dependen sólo del patrocinador, ha sido caldo de cultivo para que este deporte haya sido invadido por la presión y no resuelta sus problemas.

Sólo un pacto de todo el colectivo de organizadores, equipos y ciclistas puede terminar con esta farsa. La desunión que existe entre estos tres colectivos hará que este pacto sea imposible.

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